El profesor

January 5, 2018

"Soy Milena y mi Innombrable es  quien fue mi profe del ingreso de la carrera de locución.

Él se llamaba Juan (en ese momento lo podía nombrar), era  un tipo de unos treinta y tantos, barbita, jean y camisa cuadrillé.

Yo, una nenita recién salida del secundario con la única aspiración de entrar a la carrera y empezar por fin  mi vida de “adulta”.

 

La realidad es que yo no venía muy bien en el ingreso y Juan “de onda” se ofreció a darme clases particulares, creo que le dio un poco de pena ver cómo a pesar de todo mi empeño y mi entusiasmo no llegaba a cubrir las expectativas académicas.

 

Me dijo que lo vaya a ver a la radio donde laburaba.

 

Cuando llegué me hizo entrar al estudio y me presentó a todos sus compañeros como “la promesa de la locución”, después nos fuimos a un bar que estaba en la esquina y repasamos los apuntes con un café.

 

Eran las siete de la tarde. No sabría explicar cómo, pero se hicieron las once y media y seguíamos en el mismo bar, claro que los apuntes ya estaban doblados abajo del servilletero y en vez de un café teníamos en la mano un vaso de cerveza.

 

La misma situación se repitió cuatro veces en dos semanas, en una de las largas charlas él me cuenta que estaba casado y que tenía dos nenes chiquitos. Se me vino el mundo abajo, porque claramente  para ese entonces yo ya estaba embobadísima con él.  Al ratito me dice que las cosas no andaban muy bien y que estaba juntando fuerzas para decirle a su mujer que se quería separar.

 

¿Típica no? Sí, ya sé. Pero les juro que en ese momento no había palabra más cierta que la que el dijera.

 

Los encuentros pasaron del bar a mi departamento. La primera vez fue directo al balcón, me dijo que le encantaría tener un lugar así, que su casa era más grande pero sin una buena ventana y se sentía encerrado. Le lleve una copa de vino y me besó por primera vez, después hicimos el amor. Por un momento me olvidé que él era mi profesor, me olvidé de su mujer, de mis deseos de ser locutora. Me imaginé que había encontrado al amor de mi vida, que todo lo que había vivido hasta el momento tenía sentido, que no existíann las casualidades y que Juan había llegado para quedarse.

 

Fueron varios encuentros similares, él llegaba de la radio, yo lo esperaba para cenar, escuchábamos música en silencio, tomábamos una copa de vino, él me amaba, me hacía gozar...  A las  doce en punto, cual cenicienta, se iba. Yo nunca le preguntaba ni le reprochaba nada.

 

Pero, de un día para otro dejó de venir, me bloqueó de WhatsApp y de Facebook. No tenía forma de contactarlo y me empecé a desesperar por eso lo fui a buscar a la radio.

 

Me dijo que la mujer le había estado revisando el celular, que había sido hermoso lo que vivimos pero que él no la podía dejar y teníamos que terminar lo nuestro . Le pedí por favor que sostengamos las clases, que yo necesitaba aprobar ese curso si o si y  que él era la única persona que podía ayudarme. Aceptó. Me dijo que el me avisaba cuándo, que por favor no le escriba.

 

A los dos días recibí un mensaje de texto suyo, me citó en un bar y  me dio la clase de locución. No hablamos ni una sola palabra de nuestra “relación”. No entendí nada de lo que me explicó en esa hora y media, lo miraba a los ojos y me moría de ganas de decirle que quería estar con él, que estaba enamorada.  Antes de irnos le dije que se había dejado el cepillo de dientes en mi casa, si lo quería pasar a buscar. Me dijo que lo tire. Contuve el llanto, pidió la cuenta, pagó los dos cafés y nos fuimos.

 

Llegó el día del exámen y (no sé cómo porque no había podido concentrarme un solo segundo) lo aprobé. Pasé por un Kiosko, le compré un chocolate y lo fui a buscar a la sala de profesores para agradecerle. Él no estaba solo pero no me pareció nada descabellado acercarme: una alumna que le agradece a un profesor por su trabajo. ¿Quién iba a sospechar algo?  Pero él no lo entendió así, me dejó en ridículo haciéndose el que no se acordaba de mi nombre y rechazó el regalo diciendo que no le gustaba el chocolate con maní cuando yo sabía perfectamente que era su preferido.

 

A la tarde me mandó un último mensaje y me dijo que me olvide de él, que no le escriba, que no le haga regalos, que no lo vaya a buscar nunca más. Lo llamé para explicarle la situación pero nunca atendió.

 

No lo entendí, ni lo olvidé, pero con el tiempo me resigné a que “nuestra historia de amor” había terminado.

 

Cada vez que me preguntan por Juan, mis ojos se llenan de lágrimas y no puedo contestar nada. Me queda dolor, bronca, tristeza, resentimiento…

 

Cada tanto cruzamos miradas entre clase y clase y, en los pasillos de la facultad, jugamos cruelmente a ser dos extraños."

 

 

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